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Este relato viene a exorcizar uno de mis fantasmas más queridos. Los eventos que ahora comentaré fueron motivo de muchas noches de insomnio, de muchas pesadillas y de muchas pajas.

Los lectores asiduos de este site, y de este tipo de relaciones en particular conocen el impacto emocional que involucra la sexualidad de tu propia madre en la adolescencia. Quienes han leídos mis relatos anteriores, ya saben que la visión de las prácticas sexuales de mi madre ocuparon el centro de mi vida y de mi sexo durante años. Así desarrolle una gran habilidad para espiarla con sus amantes (mi padre incluido) en diferentes sitios y cómo he gozado de verla empalada por muchos hombres, de verla lamer miembros de todo tamaño, de verla recibir litros de semen en su vagina, en su culo y en su boca con deleite morboso.

Si bien la visión de su desnudez era para mi motivo suficiente para correrme en forma casi inmediata, también debo declarar que disfruté mucho de oírla gozar. Al suponerse a salvo de presencias indiscretas, mi madre (y también sus amantes) alcanzaba el orgasmo en forma harto ruidosa; yo había distinguido las diferencias entre los gemidos al ser penetrada, al ser chupada, al ser sodomizada inclusive al tener una pija en la boca gemia de un modo inconfundible.

Pero un episodio que realmente me perturbó fue percibir su olor a sexo. Tal vez porque sólo ocurrió una vez y nunca volví a estar tan cerca, la percepción de ese olor aún hoy me produce una erección, tal vez porque era demasiado joven e inexperto, no lo sé, pero hay noches en las que aún revivo el recuerdo de su perfume a concha y no puede evitar masturbarme.

El verano del 79 lo pasamos casi por completo en Pinamar, nos trasladamos alli antes de las navidades y volvimos a Buenos Aires, hacía los primeros días de marzo para el inicio de las clases. Mi padre nos acompaño durante las fiestas y los primeros días de enero y luego viajaba intermitentemente los fines de semana, mientras atendía sus negocios en Buenos Aires. Mi hermana mayor también estaba en Pinamar pero alojada a pocas cuadras, con un grupo de amigas que hacían su primer veraneo solas.

Durante los días en que mi padre nos acompañaba siempre hubo material para mi imaginación desbocada; los escuchaba gemir en sus dormitorio casi todas las noches, incluso los veía acariciarse en forma algo ostentosa; cuando íbamos a la playa me parecía percibir las miradas del resto de los turistas algunos abochornados, otros lascivos cuando mis padres se besaban o acariciaban en público. Sólo pude verlos una vez en que, suponiendo que yo estaba en la playa, recorrieron el chalet con sus juegos sexuales y terminaron con mi madre volcada sobre el brazo de un sillón de la sala y mi padre penetrando su trasero, sin prisa pero sin pausa, durante más de media hora.

Cuando mi padre no estaba mi madre ejecutaba un sutil cambio de actitud que sólo luego de una semana pude comprender. Dejaba de cerrar las cortinas cuando se paseaba por la casa en topless o directamente desnuda (aprovechando mis supuestas visitas a los videos), para ir a la playa escogía sus bikinis más pequeñas, y cuando salía del mar y cambiaba sus ropas en la carpa, siempre tenía cuidado de dejar la cortina lo suficientemente descorrida como para que se la viera parcialmente desde fuera.

Esta estrategia de exhibirse le dio buen resultado en cuestión de unos pocos días. Para fin de enero, mi madre había sido prolijamente cogida por tres turistas además de mi propio padre.

Mi angustia crecía a diario, ya que la veía buscar sus presas, y la escuchaba obtener su trofeos, pero no conseguía tener una visión plena de sus encamadas. Siempre tenía vistas parciales ya sea por la cerradura, o tras la ventana. todo era parcial, a veces veía el sube y baja del culo de su amante, otras el rostro congestionado de mi madre en cuatro patas recibiendo los vergazos desde atrás, o el bamboleo de sus pechos, o una pierna y un brazo en posturas realmente inverosímiles. Pero yo quería más, quería todo el cuadro, una visión completa de goce de esa perra.

Por un hecho fortuito, caí en la cuenta de que los armarios de las habitaciones del chalet tenía las puertas confeccionadas con una especie de esterilla flexible, hice el experimento esa misma noche y cuando mi madre entro a tomar un baño me metí en su dormitorio e inspeccione el armario justo frente a la cama. Las puertas eran del mismo armazón y si yo me metía dentro, detrás de los vestidos de mi madre y con los pies cubiertos podía espiar la habitación completa a través de la esterilla. Me quedé allí mismo hasta que mi madre salió del baño, entró desnuda a la habitación y se peinó frente al espejo. En un momento pareció reparar en algo y asomándose por la puerta me llamó con un grito. Casi le respondo, tuve que contener mi reflejo de contestar, mis pulsaciones volaban; pero el experimento había sido un éxito, sólo era cuestión de esperar.

Ese mismo domingo, en cuanto mi padre inició el regreso para Buenos Aires, mi madre se cambió con un vestido muy sexy y me aviso que se iba al casino con una amiga. Supuse que era mi oportunidad por lo cual le dije que yo iba a los videos y luego nos iríamos con los amigos a hacer una fogata en la playa, que volvería para el desayuno, le di los nombres de un par de ellos para reforzar mi mentira y nos despedimos.

Algo así como una hora más tarde ella volvió, tal como yo esperaba con un hombre, más precisamente con un muchacho ya que no tendría más de veinte años y según escuche esperaba ser guardavida el verano entrante. Yo ya estaba escondido dentro del armario, entre los vestidos más largos y cubría mis pierna estiradas hacia un costado con varias toallas de modo que aunque alguno abriera el armario debía buscar entre los vestidos y mirando hacía abajo para verme. Me sentía seguro.

En cuestión de instantes ambos se revolcaban en la cama abrazándose, besándose desnudos y jadeantes. Mi madre comentó asombrada y lasciva sobre el tamaño del miembro

-dame- le dijo – no puedo esperar a tenerla en la boca - y acto seguido lo tumbo en la cama y comenzó a lamerle las bolas, mientras le acariciaba el tronco hacia arriba y abajo. Un segundo después la escuche gemir cuando el muchacho le metió un dedo en la concha y ella trataba de abarcar en su boca la tremenda cabeza del miembro.

Cuando la penetró, me pareció escuchar que lloraba, sus gritos no eran los que yo estaba acostumbrado, realmente la pija de ese hombre era descomunal. Se revolcaron por sobre la cama y cayeron al piso sin siquiera notarlo, a los tropezones recorrieron la habitación en una batalla sexual que yo no podía haber imaginado jamás. En medio del frenesí mi madre se separo de él y corrió hacia el armario en que yo me encontraba. Me asusté pensando que me descubrirían. Pero el joven la alcanzó la hizo girar y levantándola por los muslos la penetró allí con la espalda contra la esterilla.

No podía creer lo que ocurría, a menos de diez centímetros de mis ojos tenía la concha de mi madre siendo penetrada por le verga más impresionante que nunca hubiera visto. Temblaba de la emoción, la excitación y el miedo, pero no despegue los ojos del agujero que había abierto en la esterilla, ahí estaba en vivo y en directo, en primer plano, percibía el estremecimiento de mi madre con cada empuje del joven, sentía los gemidos, veía los jugos de su vagina lubricar el tronco que la embestía y chorrear por los huevos mezclados con los propios líquidos preseminales de él. Fue entonces cuando percibí el olor que emanaba de esa concha, ese olor animal, salado e inconfundible.

Tuve que usar mis manos para taparme la boca, porque en el preciso instante en que el futuro guardavida descargaba su leche por primera vez, mi propia leche pegoteaba mis shorts. Esa fue sólo la primera de una larga serie, mi madre misma perdió la cuenta de cuantos orgasmos tuvo esa noche.

He tenido múltiples oportunidades de "oler" sexo, de todo tipo y color pero ninguno fue como el de esa noche. Sólo una vez creo haber vuelto a sentir ese olor, cuando en la siguiente navidad el tío Roberto vino a pasar unos días con nosotros y al irse me despidió con un beso en la mejilla.

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